Venga, me lo propongo, no voy a dejarme llevar demasiado por mis opiniones después de haber visto la última película de 007, Quantum of Solace. Es la película número 23 de una de las sagas más míticas del cine que tuvo su origen en 1962 (en 1953 aparecería la primera novela de su creador, Ian Fleming, titulada Casino Royale la cual, curiosamente, no se llevó al cine hasta 2006).

Por James Bond no pasan los años y el personaje en esencia se conserva bien como el buen vino. Por la piel de este espía han pasado ya seis actores distintos con más o menos arte y, generalmente, las quinielas sobre el tema "mi James Bond favorito" incluyen a tres: Sean Conery, Roger Moore o Pierce Brosnan. En definitiva, te pueden gustar o no las películas de espías, tal vez te gusten más o menos las de acción, puedes ser hombre o mujer, niño o niña... pero realmente es difícil que no conozcas la mítica frase "me llamo Bond... James Bond".
Las películas de James Bond juegan con una serie de elementos que se repiten y componen una especie de denominación de origen, sello de originalidad o llámalo como tú quieras. Las películas tienen una careta en la que Bond anda y dispara a la pantalla tiñéndola de sangre. También tienen mujeres bellas, coches bellos, cuerpos esculturales y a un James Bond de seducción fácil, bebedor y un tanto promiscuo. Y de repente llegamos a estas alturas de la vida... y todo esto, de golpe y porrazo, se va.
Quantum of Solace (2008), última película de James Bond con Daniel Craig como protagonista. La película es de James Bond pero bien podría no serlo. Si le pones el nombre de Quantum of Solace y la dejas tal cual, sin que aparezca el 007 por ningún lado, cuela perfectamente. La historia empieza con un detalle fuera de lugar que apenas nunca se ha producido en las películas de James Bond (digo apenas porque hay un antecedente en el que sí): si no viste la anterior mejor márchate del cine.
Tras esto encontrarás a un 007 que no bebe sus Martinis, no tiene encuentro sexual con la protagonista (sí con una actriz que apenas sale en la película), no dice la mítica frase "me llamo Bond...", es vengativo y se mueve por una venganza pasional (algo nunca visto porque Bond, si mal no recuerdo, nunca se enamora). Vamos que ya no recuerdo si estamos viendo una película de 007, 008, 016 o 112. Este no es James Bond. Le han quitado su sello inconfundible, la denominación de origen que antes mencioné.

Entiendo que los tiempos cambian y que poner en pantalla a un señor con una mata de pelo en pecho, como la de Sean Conery en sus tiempos, ya no gusta. Que un Bond hiper musculado se acerca más al estereotipo actual y que los bebedores y los mujeriegos están muy mal vistos, también puedo entenderlo. Pero James Bond tiene todo eso y tal vez, sin ello, es otra cosa... distinta, sin más.